MI PRIMERA RAYA
(06-02-07) Nunca
me olvidaré de la primera vez que ví una raya
bajo el agua. Fue en Bonaire, después de haber
hecho unas cuantas inmersiones, cuando el instructor decidió hacer una
más ruda, por el lado Noreste de la isla, muy cerca del faro de Spelonk.
La
entrada al “sitio” de buceo (por algo no estaba marcado en
el mapa) era rocosa, muy abrupta. Para usar lenguaje técnico,
se diría que era “pelúa”. En ese viaje, algunos
estábamos con plena fiebre de Nitrógeno y en
la nota de la aventura, pero en el grupo había unas
chicas (y uno que otro “macho” chorreado) a quienes no les
convencía la idea de entrar por esa escalera escarpada
de rocas. Recuerdo que de hecho rompí mis botines de
neopreno un par de veces en las maniobras de entrada y salida,
pero aún así, recordaré esa inmersión
siempre, no sólo por el espectacular descenso, en el
que pasas de tener el arrecife a unos centímetros de
tu pecho a ver distanciarse el fondo de manera brusca hasta
convertirse en una pared de un abismo espectacular con fondo
azul que a veces se torna violeta. Así es Bonaire, y
estábamos conociendo su lado más salvaje.
A
unos 20 minutos de haber comenzado la inmersión por esa
espectacular pared, se abría a nuestra derecha un anfiteatro
bordeado de corales, que hacía casi un semicírculo
perfecto con fondo arenoso. Parecía un coliseo. En el
medio del círculo,estabareposando
plácida una gran raya gris. Medía como 90 cm de ancho.
Casi
todos éramos buzos novatos. Nos acercamos a su alrededor,
y al bajar la nube de sedimento que levantamos, pudimos verla
moverse de forma muy particular, como queriendo enterrarse, evidentemente
intimidada ante aquella visita ruidosa. Como varios buzos del
grupo dominaban poco su flotabilidad, al arrodillarse junto a
la raya hacían el movimiento típico de aleteo hacia
adelante con sus brazos, lo que en el lenguaje corporal del animal
seguramente se podía interpretar como una amenaza.
Como
era de esperarse, nuestra anfitriona se inquietó, queriendo
alzar vuelo. Como prácticamente hacíamos una rueda
alrededor de ella, inevitablemente tendría que pasar entre
algunos de nosotros para huir. Efectivamente, aquel animal se
suspendió en el agua, y con movimientos rápidos
pero gráciles se dirigió justo hacia mí.
Yo estaba arrodillado, y en la dirección en que se movía
preveía que iba a pasar justo sobre mi cabeza, cosa preocupante
para un calvo.
AFORTUNADAMENTE CON LA CÁMARA ENCIMA
Como
era
mi primer viaje a Bonaire, había alquilado una cámara
Ikelite Auto 35, que aunque era bastante sencilla, resultó ser
lo suficientemente buena para matar fiebre y traerme buenos recuerdos,
ayudada indudablemente por la visibilidad proverbial característica
de la isla. Afortunadamente, tenía la cámara en la
mano y lista para disparar cuando la raya se me vino encima.
Temerariamente (o
mejor dicho un poco chorreado y sin saber qué hacer), me mantuve en
mi lugar lo más que pude y disparé una foto justo a su cara.
Me incliné hacia atrás exageradamente, para una segunda toma,
pero esta vez el flash no disparó. Como era una cámara de película
(las digitales no eran tan populares entonces), tuve que esperar a llegar a
Caracas para enviar el rollo al revelado, y como una semana más para
ver el resultado de la foto.
Cinco años después,
sigue siendo una de las tomas fotográficas que más me gusta de
las que he hecho,
reconozco que técnicamente ni siquiera es buena,
puede que simplemente yo la
veo así por la emoción que me hace
recordar. Por lo cercano del encuadre, frecuentemente
tengo que explicársela
a quien no ha visto una raya antes, y no creen posible que yo haya estado tan
cerca de un animal con tan mala fama infundada de ser peligroso. En esos momentos
me doy cuenta de lo mucho que uno aprende y vive al ser buzo, que el resto
de los mortales quizá jamás podrá entender.
La curiosidad y tal vez el hecho
que soy instructor me han llevado a investigar un poco sobre algunos
animales, sus hábitos y hasta sus complicados nombres en
latín. En el caso de las rayas me sorprendió saber
que son una familia de peces cartilaginosos parientes de los tiburones.
Aunque muchas personas tienden a temerles por su apariencia “cara
de tipo malo”, no todas las rayas son iguales, y no todas tienen
aguijón. Hay de hecho unas 200 especies, tanto de agua salada
como de agua dulce.
EL AGUIJÓN, ÚLTIMO
RECURSO DE DEFENSA DE LA RAYA
Las de aguijón, tienen a lo
largo de su espina dorsal pequeñas puntas agudas que secretan
un líquido venenoso o urticante y aunque erróneamente
se asuma lo contrario, sólo usan su aguijón para
defenderse de sus depredadores naturales. Accidentes como el del
naturalista Irwin, son realmente raros, aunque se sabe que si se
sienten acorraladas o perseguidas, podrían usar su arma
defensiva contra un buzo o un observador en snorkel demasiado insistente.
El aguijón
se desprende al ser utilizado,
pues tiene forma de sierra, y demora
bastante en volver a crecer, por lo cual se dice que es el último
recurso de defensa del animal, para cuando sienta amenazada su propia
vida.
El año pasado tomé junto
a mi esposa un crucero que paró en Grand Cayman y visitamos
el famoso banco de arena llamado Stingray City, donde pude
ver con tristeza un “circo” donde cerca de 1.000 personas en el
agua se repartían la atención de un grupo de rayas
visiblemente estresadas, con marcas y heridas aún abiertas,
desesperadas por obtener un trozo de calamar de la mano de un turista
que quería tomarse una foto con ellas en el agua. Por un
momento, me molestó haber pagado por ir a ver aquel espectáculo
patético, pero en fin, creo que si la gente interactúa
con las rayas (y en este caso eran las de aguijón) en su
medio ambiente, entonces tal vez entenderán de alguna forma
mejor al mar y a sus habitantes, y sean más sensibles hacia
su conservación y conocimiento.
Texto: Manuel Ríos. Publicado en www.scubanews.com.ve