(23-08-10) El ciclo de la vida y el agua son inseparables. Vemos claramente que, si la humanidad quiere salvarse, su deber es ante todo salvar a los océanos. Dedicamos este artículo a los Océanos, al agua, a la vida que depende del agua...
El peligro que nos acecha ya es de todos conocido. Está causado por el hombre y sólo por el hombre, y únicamente las medidas adoptadas por el hombre podrán remediarlo. Tratamos de mostrar que el ciclo de la vida y el agua son inseparables. Vemos claramente que, si la humanidad quiere salvarse, su deber es, ante todo, salvar a los Océanos. Por una irritante paradoja, la humanidad se plantea hoy esta cuestión precisamente cuando acaba de empezar a comprender cómo es el Mar.
En la actualidad, tras miles de años de ignorancia y superstición, los hombres de nuestra generación comienzan, al fin, a estudiar la necesidad de explotar y aprovechar racionalmente los inmensos recursos que ofrece ese 70% de espacio acuático de la superficie terrestre. Pero, al mismo tiempo, deben comprometerse en una carrera contra el reloj para salvar los Océanos de la salvaje depredación que ellos mismos llevan a cabo.
“Si los océanos de nuestra tierra murieran -esto es, si de algún modo, la vida de pronto desapareciera- sería la más formidable, pero también las más definitiva, de las catástrofes en la atormentada historia del hombre y de los animales que con él comparten este planeta”. Es un certero pensamiento del Comandante Jacques-Yves Cousteau, que resume drásticamente la cuestión.
Desprovisto de vida, el océano empezaría a pudrirse. El hedor procedente de las materias orgánicas en descomposición, sería tan insoportable, que bastaría para alejar al hombre de todas las regiones costeras. Pero no se harían esperar otras consecuencias todavía más graves. Recordemos que el océano es el principal elemento estabilizador de la tierra: mantiene el equilibrio exacto entre las diferentes sales minerales y los gases que constituyen nuestro cuerpo y del que depende nuestra existencia.
Sin vida en los mares, gases tóxicos contenidos en la atmósfera, comenzarían a aumentar inexorablemente. Superada una cierta proporción de CO2, el efecto llamado “de invernadero”, entraría en juego: el calor, irradiado por la tierra hacia el espacio, mantenido bajo la estratosfera originaría una brusca elevación de temperatura del globo al nivel del mar.
REFUGIADOS EN COLINAS Y MONTAÑAS
Los casquetes polares se fundirían en ambos polos, mientras que el nivel de los océanos subiría unos treinta metros. En pocos años todas las ciudades costeras se inundarían. Para evitar ahogarse, una tercera parte de la humanidad se vería obligada a refugiarse en colinas y montañas, incapaces de proveerse para su subsistencia.
Entre otros efectos de la muerte de los océanos, la superficie de las aguas se cubriría de una espesa costra de residuos orgánicos, la cual influiría en la evaporación, reduciría las precipitaciones y provocaría una sequía general y, por fin, el hambre. Todo ello no sería sino el principio de la fase última del desastre.
Hacinados en las alturas, hambrientos, sometidos a violentas tempestades y extrañas epidemias, rotos todos los lazos familiares, los supervivientes empezarían a sufrir la falta de oxígeno debido a la separación de las algas del plancton y a la reducción de la vegetación terrestre.
Confinados en la estrecha franja de la tierra que separaría a los mares muertos de las pendientes montañosas estériles, la especie humana experimentaría una intolerable agonía. Tal vez, treinta o cincuenta años después de la muerte de los océanos, el último hombre del planeta, cuando la vida orgánica se limite sólo a bacterias e insectos necrófagos, exhalaría su último suspiro...
Rumbo a la realidad, hoy estamos experimentando la fragilidad de los equilibrios marinos. A medida que se arrojan sin cesar en el mar cantidades de crecientes tóxicos residuos sólidos y líquidos, la situación empeora. ¿Pueden los océanos con estas cargas contaminantes? La respuesta nos las dan los mares Índico y Báltico, casi muertos; el Mar del Norte, cuyos recursos piscícolas declinan trágicamente; el Mediterráneo, gravemente afectado, y los arrecifes agonizantes del mundo.
LA CAPACIDAD DE AUTODEFENSA DEL MAR ES LIMITADA
El mar está lejos de ser el basurero pasivo que todos pensamos. Dadas sus propiedades dinámicas, físicas, y químicas, el agua del océano es capaz de tratar sólo algunas de las sustancias tóxicas o contaminantes que se introducen en su seno, con tal que éstas sean “biodegradables”. El mar se comporta como un organismo vivo, que elimina residuos y lucha contra la infección, los parásitos, virus, bacterias, etc., pero su capacidad de defensa es limitada y en algunos casos ya está agotada.
En ciertos casos el mar convierte o por lo menos neutraliza numerosos cuerpos extraños. Metales como el cobre, hierro, níquel, cobalto y, sobre todo el manganeso, son ionizados y luego arrastrados al fondo, donde se precipitan, a menudo en óxidos o bajo formas de nódulos polimetálicos, en torno de pequeños objetos como guijarros, escamas de peces, dientes de tiburón o en ocasiones restos de artículos de fabricación humana.
El destino de otros peligrosos metales como el mercurio, cadmio, y el plomo, es diferente. La mayor parte del plomo difundido en la biósfera procede de la adición del mismo a la gasolina o de los motores de combustión interna; el plomo se comporta como antidetonante. Las lluvias lo “recogen” en la atmósfera. Lo arrastran al suelo y luego al mar.
Allí es absorbido junto con otros metales pesados como el cadmio y el mercurio por los microorganismos y, por reconcentraciones sucesivas, envenenan las cadenas alimentarias y todo el conjunto de vida marina sin desaparecer jamás. Así toneladas de contaminados peces, moluscos, crustáceos, mariscos y algas son consumidos por la población que recibe libre e impunemente sistémicas dosis tóxicas y mortales acumulables de consecuencias irreversibles en los seres humanos.
Exámenes realizados en otras regiones, sobre tejidos de peces ya revelan elevados contenidos en tóxicos como “difenilos policlorados” o “dpc”. Los “dpc” son aditivos utilizados en pinturas, plásticos y cauchos, a los que confiere una resistencia suplementaria al desgaste.
MERCURIO EN PESCADO Y MARISCOS
Los japoneses son grandes consumidores de peces, mariscos, moluscos y algas con un promedio anual de consumo sólo de pescado de 70 kilos por persona. Entre 1953 a 1960, ciento once japoneses se intoxicaron con “minimata” por consumir pescado y moluscos que habían acumulado en su organismo mercurio. El responsable de esta contaminación, “el grupo Chisso”, negó durante varios años todas las evidencias.
Entre las víctimas, 49 murieron en medio de sufrimientos atroces, mientras que otros 19 niños nacieron afectados de malformaciones articulares y lesiones neurológicas irreversibles. Este tipo de intoxicación por mercurio recibió el nombre a partir de entonces: “enfermedad de minimata”.
Como el DDT, el mercurio no es eliminado por el organismo. Sus concentraciones aumentan no sólo de un eslabón a otro de las cadenas alimentarias, sino también a medida que el organismo lo absorbe, hasta causar daños irreversibles. El norteamericano Norwald Fimreite, reveló en 1970, que en el lago “Erie”, había encontrado lucios y truchas conteniendo cantidades de mercurio 14 veces superior a la tasa admitida.
También los grandes lagos y ríos están envenenados y no lo están menos que los mares. Ha sonado la alarma. El próximo “minimata” ¿podría ocurrir en ciudades costeras de Italia, España, USA o quizás Perú? Los estudios señalan que los grandes peces oceánicos como el atún y el pez espada, que se sitúan en la cima de las pirámides alimentarias, concentran activamente el mercurio.
En diferentes estados de Norteamérica, el pez espada ha sido retirado del mercado. En Europa, especialmente en Alemania y en los tres países que conforman el Benelux, los adictos al casi extinguido atún han sido advertidos contra su consumo. El mercurio afecta los nervios, el tejido cerebral, las articulaciones, el hígado...
CEGUERA Y ATROCES SUFRIMIENTOS ANTES DE MORIR
El individuo afectado se lamenta de anomalías en la percepción. Pierde todo control muscular, se queda ciego y experimenta atroces sufrimientos antes de morir. El metal por lo demás, atraviesa la barrera placentaria, se concentra en el feto y afecta despiadadamente al recién nacido.
La muerte del mar es posible y hemos de intentar evitarla a toda costa. Si el hombre existe es porque el planeta que lo alberga es el único cuerpo celeste que todavía tiene vida. Ello es así porque se trata de “un planeta de agua”, siendo el agua misma, tal vez, tan escasa como la vida en el Universo sinónimo de la vida misma.
El agua es un elemento sumamente original, cuyas combinaciones físicas y químicas ofrecen numerosas particularidades. Por esta naturaleza única del elemento líquido, así como la termodinámica del interconectado sistema acuático mundial, cuyos motores son el sol y el agua, es por lo que nació la vida. El océano es agua, es vida... Dejemos de verlo como un misterio, una amenaza, una inmensidad en la que cualquier interferencia por nuestra parte no tendría importancia...
Hoy preferimos, más bien, pasar revista a los grandes temas de la vida del océano, hablar de sus pulsaciones, sus dramas y sus ciclos estacionales; mostrar como el mar “proactivamente provee eficientemente, sin buscar la excelencia y sin necesidad de reingeniería y calidad total”.
Texto: Jorge Álvarez Von Maack