COLGADOS DEL ANCLA
(21-06-06)
Buceo Virtual ha recibido el primer escrito para la sección
Tu Voz. Juan José Abadía nos envía su experiencia
colgado en el cabo del ancla, texto que reproducimos íntegramente
por su interés. Junto a su firma, Abadía menciona
y da las gracias a sus compañeros de inmersión, Matías,
Pepe y Jesús, a parte del “Comandante” y su encantadora
esposa Anne, cocinera, grumete, enfermera, piloto, navegante y
un montón de cosas más durante los apasionantes días
que pasaron al sur de Lanzarote.
Llevo cuatro años buceando y el pasado
otoño hice la inmersión de mi vida, la que jamás
olvidaré.
Con un grupo de amigos comandado
por el dueño del club de buceo y del barco, partimos muy
temprano del puerto de Playa Blanca, al sur de la bella Isla de
Lanzarote, dirección al faro de Pechiguera, una travesía
muy corta en la que rápidamente se tomaron decisiones que
cambiaban por completo el “concienzudo estudio” de la inmersión
que íbamos a hacer.
Nada mejor que una "buceada" correctamente
programada para que todo vaya bien pero, aquella mañana,
la previsión de descender por una colada de lava que nace
bajo el propio faro, hasta el fondo arenoso a unos 45 metros, en
la que íbamos a ver en sus grietas montones de morenas,
langostas e innumerables invertebrados de todas las formas, tamaños
y colores, no llegó a realizarse. El Comandante (mote
por su edad, nariz aguileña, delgadez y poco pelo blanco
bajo un gorrito, como Jacques Cousteau), nada más salir
del puerto vio que las poco normales condiciones del mar (en calma
total, gran visibilidad y muy poca corriente) eran propicias para
hacer una inmersión muy poco habitual en esa zona.
Nos preguntó si alguna vez “buceando
nos habíamos sentido como un gusano en el anzuelo”.
Su intención era que probáramos por primera vez
qué se siente colgado del ancla a la deriva, entre 8 y
12 metros de profundidad (el fondo arenoso, a unos 25 metros,
se veía con claridad). Una propuesta inquietante... Yo
ya había probado una inme rsión de “muro azul”,
en medio de la nada en alta mar y, la verdad, durante 15
minutos no ví más que la cara de “poco disfrute”
de los demás, la misma que seguramente yo tenía.
Nos explicó concienzudamente
el método, cómo llevar el equipo y sus accesorios,
medidas de seguridad y señales que nos haríamos por
medio de un cabo, y se puso a preparar su invento (que siempre
lleva en el barco) para que dos personas se sentaran cómodamente
sobre una barra atornillada al ancla. Como en una especie de telesilla
de dos plazas, agarrados a la cadena, íbamos a disfrutar
de la mejor inmersión de nuestras vidas. Pero aún
no lo sabíamos.
Mientras
nos preparábamos, miles de hormigas se paseaban por nuestros
estómagos. Al menos por el mío; la verdad es que
no lo tenía muy claro. El Comandante maniobró la
embarcación y calculó hacia dónde íbamos
a derivar. Una vez en posición, apagó motores y todo
estaba listo para empezar. Mi compañero y yo nos tiramos
al agua y tras las comprobaciones de rutina, descendimos por los
diez metros de cadena hasta nuestros privilegiados asientos. No
habíamos terminado de ajustarnos los equipos y colocarnos
en una postura cómoda, cuando aparecieron los primeros compañeros
de viaje, un pequeño banco de sargos breados (Diplodus
cervinus) que nos rodearon y se dejaban llevar por la corriente,
c omo nosotros. Había comenzado el gran espectáculo.
Tras diez
minutos de “viaje” en compañía de los sargos, dos
tirones del cabo de comunicaciones nos anunciaba que, por alguna
razón,
iban a arrancar
los motores para maniobrar. Los sargos desaparecieron por arte
de magia y durante cinco minutos navegamos a muy poca velocidad,
hacia la costa, para volver a quedarnos a la deriva.
Es el momento
en que los peces dejan de asustarse y se unen sin temor a “algo
que cuelga de restos flotantes”. Esperábamos con ansiedad
ver algo más y durante 15 minutos sólo algunas bogas (boca) grandes
mostraron algo de interés por nosotros, lo mismo que un
banco de pequeños gueldes (atherina). Pensábamos
que éramos afortunados por la experiencia de tener cantidad
de peces a nuestro alrededor, que nos rozaban y miraban con atención
e incluso acercaban sus picudos morros a nuestros cuerpos.
No quedaban
más de 10 minutos para terminar esta agradable (¡y
descansada!) inmersión, cuando todo pez pequeño que
estaba cerca de nosotros desapareció en un abrir y cerrar
de ojos. Una especie de enorme nube oscura se nos acercaba a toda
velocidad. La vimos llegar porque oscureció la luz del
sol y nos quedamos helados. Nos miramos con cierto temor pensando
en subir a la seguridad del barco y antes de poder pensar mucho
más, estábamos en medio de un torbellino gigantesco
de enormes peces.
Un
inmenso banco de Albacoras (Thunus albacore ó alalunga),
según nos contaron los del barco, giraba a nuestro alrededor
como un huracán, y nosotros estábamos en el ojo,
justo en el centro y se nos veía perfectamente. Tras la
sorpresa que supone encontarte de repente en el centro de un
banco de pequeños atunes blancos, con individuos que pesarían
de 10 a 20 kilos, disfrutamos del mayor espectáculo jamás
soñado. Ni nos tocaron, simplemente nadaban como misiles
a nuestro alrededor, giraban en sentido contrario a las agujas
del reloj, subían y bajaban. Pasaban a milímetros
de las gafas, manos y aletas sin rozarlas. A veces, era tal la
densidad del banco que casi quedábamos a oscuras y dejábamos
de ver el barco.
Sus dorsos
oscuros y vientres plateados separados por una banda azulada se
mezclaban con nuestras burbujas y pensamientos. Fueron los minutos
más increíbles de nuestras vidas y lo único
que echamos de menos fue tener a mano una cámara para inmortalizar
aquel momento único e irrepetible.
Gracias Comandante,
jamás olvidaremos aquella mañana de domingo.
Texto: Juan José Badía