¿morir libre? ¿sobrevivir cautivo?
(03-10-06)
En este escrito, la autora se pregunta hasta dónde podemos
llegar en nuestro afán de conocer y explotar animales
y naturaleza. Lo hace desde su militancia en contra del confinamiento
de delfines y cetáceos en acuarios, y las dudas que le
asaltan cuando un animal herido sobrevive gracias a los cuidados
que recibe de las personas en esas jaulas de cemento y cristal.
Hoy
es de esos días que me acostaré con dolor de
cabeza o remordimiento de conciencia, o las dos cosas. Cuando
nos insensibilizamos, o todo lo contrario, ante una situación
determinada, actuamos según nuestro impulso y conciencia.
De ahí que nos convirtamos en pasotas o en fervorosos
luchadores de la misma causa. Pero cuando crees firmemente
en algo y descubres que, a veces, va en contra de tus sentimientos,
entonces empieza el lío. Todo esto viene a cuenta de
una noticia que se ha publicado en esta web, tan tierna y cruda
a la vez… Me refiero a la del delfín
con cola ortopédica.
Es
una historia cruda en muchos sentidos, desde el “animalito,
qué horror de sufrimiento, qué suerte tiene de
seguir viviendo”, al “¡valla derroche, qué locura;
una fortuna para un delfín y los niños de Namibia
muriendo de hambre!”,
pasando
por “el hombre hiere y el hombre pone la cura” .
No sé si me explico. Desde luego que éste es un mundo
de contrastes, algunos maravillosos y otros terroríficos.
Pero en esencia vivimos en un mundo hipócrita, en el que palabras
como desigualdad o justicia son simplemente eso, palabras que se
tapan, borran o alteran a gusto de quien las usa.
Desde mi
militancia en contra de la cautividad de animales, de su desarraigo
de su entorno natural, para vivir el resto de su vida encerrados
entre cemento, hierro y cristal, no tengo más remedio que
admitir que me alegro de que algunas de éstas “cárceles”
sirvan para salvar la vida de animales que no hubieran sobrevivido
por sus propios medios, en la libertad de su hábitat.
“Mal
de muchos, consuelo de pocos”. Parece que el refrán
va al pelo en este asunto; porque son más los confinados
que los agraciados en estos centros; especialmente en aquellos
acuarios en los que el show de delfines, por ejemplo, es el plato
fuerte de los ingresos en caja. Menos mal que ya proliferan
los centros
(privados y estatales) de recuperación para la vida animal
y muchos acuarios que, aunque tienen su “show”, desarrollan serios
programas de estudio, investigación y desarrollo, e involucran
a sus clientes-visitantes en actividades educativas de naturaleza
y medio ambiente.
Dadas las
circunstancias, la “bottlenose Winter” puede estar feliz de no
volver a ser libre; al menos vivirá muchos años,
con su cola ortopédica, cuidada amorosamente por el hombre,
en su lujoso cautiverio del Clearwater Aquarium, donde será admirada
y compadecida por el público que atraerá. Ahí fuera,
libre en el mar, en cualquier momento se vería acosada por
su gran depredador, el hombre, para herirla o matarla de un montón
de maneras, porque su perversidad y crueldad no tiene límites.
Mi compañero
me dice para consolarme: “Míralo así: por ejemplo,
muchos de los delfines que se salvan en la matanza anual de Taiji
(Japón) son capturados para delfinarios. Trata de pensar
que, al fin y al cabo, sobreviven. Si no fuera por la demanda de
los acuarios habrían muerto salvajemente molidos a palos
y cuchilladas”. Menudo consuelo.
Texto: Tayara Roc. Fotos: archivo BV