septiembre en barbados
(30-11-06)
Es una isla que, si se la conoce en todo el mundo,
es por su fama de “paraíso fiscal”. Tiene poco
turismo, buenas infraestructuras y el simple hecho
de ser una isla de coral ya es suficiente para hablar
de un “paraíso para el submarinista”. Enrique
Fernández nos cuenta su experiencia allí.
Barbados
no se anuncia en las revistas y es bastante raro –cuando no imposible-
ver publicidad de viajes de buceo organizados. Sin embargo, basta
consultar en barbados.org para ver que existe ahí más
de un centro de submarinismo y que lo difícil es precisamente
elegir. Los barbadenses habitan una pequeña isla de aproximadamente
42 por 22 kilómetros , en la que la gran mayoría
de inmersiones se hacen en la costa occidental, guarecida del viento,
ya sea desde playa o saltando de nuestra embarcación, pues
en cualquier lado hay arrecifes.
A
diferencia de las islas volcánicas de la ona, Barbados
está formada principalmente de coral. Se trata de una
isla-Estado, un paraíso fiscal con su propia moneda (el
dólar de Barbados, que equivale a medio dólar estadounidense)
y una llamativa bandera con un tridente que recuerda al de Neptuno,
pero que representa en realidad los tres principios de la democracia:
gobierno de, para y por el pueblo de Barbados. El asa ausente
simboliza la ruptura con el dominio británico en 1966.
VESTIDOS DE CAMUFLAJE
“No
se permite la entrada a Barbados con ropas de camuflaje”,
así dice al menos el cartel en el aeropuerto,
aunque nadie sepa decirme el por qué. Tampoco es que me importe
mucho, pero la curiosidad me corroe mientras el taxi me conduce a
Christ Church, la parish (parroquia) en donde está Divepro,
el centro de buceo que he elegido, pues quiero cursar la especialidad
PADI de buceo en pecios y ellos la ofrecen. Barbados no tendrá el
mejor buceo del Caribe, es verdad, pero a cambio ofrece un escaso
número de buceadores y el “buque insignia” (si vale la expresión
para un barco naufragado) de los pecios del Caribe, el Stavronikita,
aunque, a 40 metros, descansa a una profundidad prohibitiva para
mi modesta titulación de Open Water Diver...
La
misma tarde de mi llegada pongo rumbo a la playa de Rockley y dedico
un buen par de horas al snorkeling . Hay un pequeño
arrecife, Accra, a unos treinta metros de la orilla y no
tardo en detectar mi primera tortuga Hawksbill, además de
una buena muestra de lo que será la fauna habitual de los
próximos días: peces trompeta, peces trompa, etc...
Hay que decir que es mi primera experiencia en el Caribe y que
me sorprende la poca salinidad del agua.
LOS CUATRO PECIOS
CarlisleBay, cercana a Bridgetown,
la capital, es una antigua zona de fondeo ante una ciudadela
que los ingleses nunca perdieron. A unos 30 metros de la costa,
tiene unos 200 naufragios registrados, y dicen que es fácil ver cañones e incluso alguna web promete
botellas de ron o medicamentos arrojados hace cientos de años
por la borda.
Entre
los pecios más modernos hay cuatro prácticamente
juntos, entre 10 y 20 metros , que hacen de esta una zona predilecta
para cursos de buceo. El Berwyn (un remolcador de guerra
francés hundido en 1919 a 9 metros) , el C-Trek (un
cementero hundido en 1986 a 15 metros ), el Eilon (un carguero
incautado en una operación antidroga en 1990 y hundido intencionalmente
en 1996 a 18 metros) y el Bajan Queen (antiguo remolcador
del puerto en los 60 y sala de fiestas flotante en los 70, hundido
en
2002 a 14 metros)
Mi instructora, Summer
Rain, dueña de Divepro, organiza el curso en estos cuatro
buques, que
han sido convenientemente destripados para que ni puertas o cables
ofrezcan peligro. El breve recorrido entre unos y otros viene alegrado
por una fauna abundante con tortugas y rayas y, semienterrados
en la arena, multitud de sand eels, que agachan la cabeza
a medida que te acercas. El Eilon, de unos 30 metros de
eslora, está ligeramente escorado a babor y en diez años
ha visto su cubierta completamente colonizada por toda clase de
vida. De hecho, en el Eilon tengo un primer contacto urticante
con el coral de fuego. En su interior uno puede pasearse por la
cocina o el retrete, pero no por la sala de máquinas, pues
la puerta es algo angosta. Más impresionante aún
es el Bajan Queen (“Bajan”, en dialecto local es “Barbadian”),
con una magnífica bodega, un bar con barra y taburetes,
pista de baile enlosada y escaleras de caracol y grandes cardúmenes
de sargentos en su interior.
ARRECIFES
Ni qué decir
tiene que a tan poca profundidad la luz todavía es abundante.
En Asta Reef, una simpática tortuga nos guía hasta
el Friars Craig,
un carguero
holandés llevado al fondo en 1985, y que ahora está partido
en tres piezas y alberga una gran colonia de sargentos (algo más
al Norte existe otro pecio similar, el Pamir, mucho mejor
conservado). En St. Lawrence Reef y en Mount Charlie, vemos mantas
batiendo las alas con elegancia. En Pieces of Eight, somos nosotros
los que planeamos con la corriente sobre un precioso arrecife de
coral, rodeados de peces soldado.
Además
de con Adrian, el divemaster , esa tarde comparto inmersión
con un grupo anglófono que me depara encuentros interesantes.
Como una señora de Boston, que estuvo en el San Fermín
del 79, el único que no se celebró, o Mike, de Bristol,
que tiene familiares en Cubelles y los visita con frecuencia y
a quien recomiendo un centro de buceo en Calafell. El mundo es
un pañuelo... De noche nos equipamos en la playa y visitamos
de nuevo el arrecife en Carlisle Bay, donde nos topamos con morenas
moteadas, langostas y cangrejos. Al regreso apagamos los focos
y seguimos el fondo iluminados por el claro de luna hasta alcanzar
la playa, donde irrumpimos con nuestro aspecto de marcianos en
medio de una barbacoa familiar.
UN SECRETO BIEN GUARDADO
Y hablando
de la Costa Dorada, he pasado prácticamente cada noche en
“The Gap” de St. Lawrence, la
zona de bares y restaurantes, aprendiendo a distinguir rones y
he tenido la impresión de estar en la
costa tarraconense de los setenta. Hay
poca saturación, escasa infraestructura, poca comida rápida
y turismo escaso. Por más que estemos ya en septiembre, me
aseguran que en verano es lo mismo. Dicen que Clinton y Blair veranean
al norte de la isla, quizá precisamente sea por eso, por la
tranquilidad y el poco jaleo nocturno.
Preparando
ya la maleta, al guardar mis prendas, recuerdo que sigo sin haber
resuelto el misterio de la ropa de camuflaje y que, salvo los sargentos
y los peces soldado, nada me ha recordado a los militares en este
pequeño Estado. No he encontrado tampoco antiguas botellas
de ron, sólo cascos vacíos de Banks, la cerveza omnipresente
en la isla, y lo único que me llevo para el recuerdo es
algo de arena blanca en un envase, sacado del fondo, de un refresco
local de los sesenta, de cuando las etiquetas no iban encoladas,
sino pintadas, de cuando en nuestras playas las pizzerías
aún no estaban pegadas unas con otras.
Texto y Fotos: Enrique Fernández