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EL POLO NORTE SE TRANSFORMA

    (21-06-06) El calentamiento global es uno de esos temas en los que todos parecen estar de acuerdo al afirmar que es una crisis que podría alcanzar dramáticas proporciones. Pero mientras el grueso de los habitantes del mundo asiste impávido a las llamadas desesperadas que alertan de la situación, un grupo de “grandes” hombres de empresa y un puñado de poderosos países afilan sus colmillos y se preparan para grandes negocios.

    El deshielo favorece el tráfico marítimo que acortará en gran medida las distancias entre los continentes. Además, expertos en la materia aseguran que en aquella región esperan escondidos más 350 millones de barriles de petróleo y una cuarta parte de las reservas de gas del planeta.

    Científicos, ecologistas y gentes del mundo comprometidas con el ecosistema del planeta Tierra hablan de los miles de especies que desaparecerán y de las zonas costeras que, en menos de 80 años, quedarán anegadas. La realidad es que, por ahora, el ritmo de crecimiento de altura de las aguas es de poco más de medio milímetros al año.

Pero este asunto tiene otra lectura que nos advierte de algo que no tiene remedio, porque además favorece grandes intereses económicos: el deshielo del Polo Norte se va a convertir en el negocio del siglo XXI, cosa que acalla o quita importancia a las voces que anuncian catástrofes globales. Lo que hasta ahora era uno de los lugares más inaccesibles de la Tierra ya está “dominado” por el hombre. De los 14 millones de kilómetros cuadrados que permanecían congelados en el Polo Norte, actualmente sólo quedan 5 millones, y el grosor de esa capa mengua a ojos vista. Prueba de ello son las nuevas rutas ya abiertas. Por ejemplo, el pasado mes de agosto, un buque ruso llegó al helado norte y lo atravesó sin la ayuda de un rompehielos.

    Esto va a cambiar radicalmente la fisonomía del Polo y abrirá una de las principales rutas marítimas para conectar todo el hemisferio Norte. Para hacernos una idea de lo que esto significa, basta un ejemplo: la ruta Londres–Tokio, que ahora es de 23.000 kilómetros, se verá reducida en unos 7.000 km, con lo que el paraíso dejará de serlo en muy poco tiempo. Según ha explicado el experto Gabriel Moyssen en un periódico financiero, la ruta que hasta ahora une Murmansk (Rusia) con Canadá y EE.UU, requiere una travesía de 17 días, mientras que por la nueva ruta se invertirían sólo 8.

    Es patente que las nuevas rutas reducirán los costes de transporte en muchas navieras, pero lo más codiciado, lo que realmente hará que el Polo Norte pierda su fisonomía y equilibrio es el gran tesoro escondido bajo el hielo que quieren para sí los países más poderosos: los combustibles fósiles, petróleo y gas natural en cantidades suficientes como para terminar con el dominio árabe del mercado mundial. Acabar con esa dependencia acallará cualquier aviso de riesgo medioambiental.

    De hecho ya hay ocho países muy interesados en el dominio y marcación de sus aguas territoriales: EEUU, Canadá, Islandia, Suecia, Rusia, Dinamarca, Noruega y Finlandia han iniciado la carrera para “marcar lo que es suyo” y se basan en tratados y acuerdos que datan de hace casi un siglo para argumentar sus reclamaciones. Aún no se ha decidido qué criterios aplicar en el “reparto de la tarta”, en el que está interviniendo hasta la ONU. Pero, decidan lo que decidan, el futuro del Polo Norte ya está sellado; bajo una bandera u otra las rutas marítimas y las explotaciones mineras y petrolíferas romperán el equilibrio de esas tierras vírgenes y, cuando ya no queden especies autóctonas, lo que fue tierra de aventureros, exploradores y científicos quedará en el olvido y a nadie le remorderá la conciencia.

Todo por el bien del progreso industrial y social y, sobre todo, para alimentar la codicia de unos pocos y aumentar su poderío político, mientras que el Polo Norte se derrite poco a poco...

Texto y fotos: JDMA / BV

 
 
   
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