| |
(18-05-10) Una de las grandes metas del mundo del buceo, donde el esplendor coralino se suma a una gran variedad de formas de vida, grandes y pequeñas, todo cabe en el mundo mágico de la Gran Barrera australiana.
La Gran Barrera es la mayor concentración coralina del mundo, una especie de muralla viviente de cerca de 2.300 Km de longitud, situada en la costa nororiental de Australia. Se trata de la mayor estructura viva del planeta y visible desde el espacio; pero que paradójicamente se encuentra formada por los diminutos pólipos de coral. A su alrededor se desarrolla uno de los más grandes espectáculos submarinos del planeta. Una experiencia que todo buceador debiera experimentar, al menos una vez en la vida.
Los jardines de coral de Ribbon Reef
Ribbon Reef es un arrecife, o mejor dicho una sucesión de diez grandes arrecifes con una disposición longitudinal que se extiende sobre un total de más de 100 Km y representa a la perfección lo que es este enorme ecosistema coralino. Comenzando su exploración por el sur podemos disfrutar de auténticos jardines donde los corales duros como las acroporas, siempre presentes, se encuentran en perfecto estado de conservación. Su situación más al norte les ha librado del pernicioso blanqueo que se puede apreciar en zonas más meridionales.
Por otro lado las medidas legales de protección, llevadas a rajatabla en los cruceros, junto al civismo de los buceadores, nos permite seguir disfrutando de esta espléndida naturaleza sumergida. Es una maravilla “dejarse llevar” por los acontecimientos y disfrutar de la enorme variedad de formas de vida que nos depara este inmenso acuario. Es divertido explorar los recovecos del arrecife y buscar distintos peces, no ya especies sino familias que compiten en un derroche de colorido y diseño.
Si miramos al azul es posible observar algún pequeño tiburón punta blanca patrullando y nutridos bancos de carángidos. Por el contrario el fondo nos espera un espectáculo en forma de concha. Numerosas tridacnas de diferentes tamaños y colores parecen ser las guardianas de los secretos de las profundidades, como el enorme pez guitarra gigante que se levanta a nuestro paso. Toda una muestra de lo que nos espera.
Cod Hole, territorio mero
Sin lugar a dudas nos encontramos con uno de los verdaderos emblemas del buceo en la Gran Barrera. Si el nombre, no nos ofrece una pista del lugar del que hablamos, si mencionamos a su especie residente más famosa: el mero patata (Epinephelus tukula), no hay duda del sitio. Es un verdadero paraíso para el fotógrafo y para el buceador en general, poder disfrutar de estos enormes y curiosos animales es un verdadero placer. Este punto, localizado dentro del complejo de Ribbon Reef, comenzó a ser conocido en la década de los 70, gracias al trabajo fotográfico de los australianos Ron y Valerie Taylor. Las medidas de protección ejercidas, así como el feeding, en algunos momentos, ha fidelizado a una población única de estos grandes peces, calculada, dependiendo de la época del año entre 6 y 30 individuos.
El mero patata es inconfundible, por su aspecto y tamaño. De color predominantemente gris, destaca un diseño manchado, perfecto para camuflarse en el arrecife. Pero, quizás, lo que más llame la atención sea su tamaño. Puede superar el 1,5 m de longitud y los 150 kg de peso, convirtiéndose en uno de los mayores peces arrecifales. Las cualidades para el consumo, similares a las del resto de la familia, lo ha llevado a una situación muy delicada, conservándose en la Gran Barrera alguna de sus mejores poblaciones.
Como el resto de los serránidos, tienen un carácter curioso hacia el buceador en situaciones de no acoso. Además en este punto se ha practicado y practica sesiones de alimentación, por lo que os animales, muchas veces buscan al buceador. Es una delicia poder disfrutar, tranquilamente, sin agobios de estos enormes ejemplares, un verdadero trofeo para la galería de imágenes submarinas de nuestra retina.
En cualquier caso Cod Hole, presenta otros atractivos, a menudo, arrinconados ante la presencia imponente de los grandes animales. Un arrecife muy bien conservado y diferentes bancos de peces o, más recientemente, el descubrimiento de pequeños caballitos pigmeos, dan una idea de la riqueza del lugar, donde se junta la diversidad marina en sus extremos, de lo más grande a lo más pequeño.
Light House Bommie, al encuentro de la serpiente
Los “bommies” son pequeños bajos de coral que surgen del fondo, habitualmente no muy profundo. Podríamos decir que son pequeñas torres coralinas. Su relativo aislamiento, hace que la vida se concentre en muy poco espacio, lo que permite al submarinista unas inmersiones, digamos, que muy “rentables”.
En este caso, pese a la gran abundancia de vida nuestro objetivo se centra en una especie, que nunca hemos tenido ocasión de ver. Podemos decir que entramos en una de esas categorías de animales de mala prensa, en general, aunque mitificadas por
muchas culturas. Nos estamos refiriendo a las serpientes de mar. Nos encontramos en uno de los mejores
lugares para su observación, en concreto de la especie
existente en estas a
guas que es la serpiente de mar olivácea (Aipisurus laveis). De color amarillo verdoso y de alrededor de 1 m de longitud, suele encontrársela por las grietas de los corales. Recorremos el bommie en su búsqueda, vigilados por un pequeño banco de barracudas. Escudriñamos cada rincón, lo que nos sirve para descubrir un enorme tiburón Wobbegong que dormita en su cueva apaciblemente.
Por fin, entre un mata de coral aparece nuestra protagonista, deslizándose grácilmente entre las afiladas estructuras coralinas. Su cola aplastada le permite nadar con buen rendimiento. A diferencia del carácter, muchas veces, tímido de sus congéneres terrestres, la serpiente marina se muestra curiosa, máxime con su reflejo en la cúpula de la carcasa y los destellos de los flashes. Posee un veneno terriblemente dañino, de los más tóxicos de la naturaleza, pero no se muestra agresiva, en absoluto con el buceador. Toda una lección de tolerancia.
Stevies Bommie, la vida en su apogeo
Podríamos decir que si no tuviéramos tiempo de visitar la Gran Barrera y sólo pudiéramos hacer una inmersión, sería Stevies Bommie el lugar adecuado para hacernos una idea de lo que atesoran estas aguas. Es difícil encontrar más variedad en menor espacio. Es complicado fijar la atención en algo, pues cada zona que observemos con atención nos descubrirá una nueva sorpresa. Si nos dedicamos al mundo de lo pequeño, podemos vislumbrar a los siempre interesantes peces hoja, de diferentes colores, que con su forma y su quietud pasan desapercibidos para sus presas y depredadores, dejándose mecer por el ritmo de las olas. Si antes con relación a las serpientes hablábamos de venenos, aquí podemos descubrir a los letales peces piedra, perfectamente camuflados, casi imposibles de ver.
Descendiendo un poco más, enormes bancos de pargos amarillos nadando al unísono, como si fuera un verdadero ballet submarino, protagonizaran mágicos momentos, especialmente cuando el sol se refleje en sus cuerpos. Mientras tiburones grises patrulla incesantemente el azul, listos para intervenir a la menor ocasión. Una tortuga atraviesa el azul para irse a reposar en su protegida cueva.
Toda esta zona presenta otro interesante fenómeno que se produce en verano. Se trata de la migración e las ballenas Minke o rorcuales aliblancos que se desplazan en estos meses a lo largo de la Gran Barrera. Son de pequeño tamaño (alrededor de 8 m) y presentan una gran curiosidad por lo que frecuentemente interactúan con los buceadores que permanecen cerca de los barcos agarrados a cuerdas y solo con snorkel, para no molestar a los animales.
Texto y fotos: Juan Carlos García
|